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La mordaza de oro de un periodista
'El vendedor de silencio', Enrique Serna, Alfaguara, México, 2019.
Por Martín Camps

Carlos Denegri (1910-1970) fue un influyente periodista de Excélsior por tres décadas, en una época donde la moneda de cambio, para algunos, era el embute. Denegri supo navegar en un sistema político postrevolucionario donde los tráficos de influencias y silencios para denunciar la rampante corrupción se pagaban con favores y sumas generosas de dinero. Sin embargo, la carrera de Denegri no fue segada por los poderosos políticos a los que chantajeaba, hombres de horca y cuchillo, sino por su intransigencia con sus esposas y por un alcoholismo rampante que substraía en él a un energúmeno enchubascado en traumas y delirios. El peor enemigo de Denegri, su antagonista en la novela, es él mismo.

El vendedor de silencio es el regreso de Enrique Serna a la novela histórica, en la que hace uso de archivos y entrevistas para presentarnos el cuadro plástico de un personaje contrastante; un periodista que luchó en la Guerra civil española, pero que humillaba en público a sus esposas; dueño de una de las mejores plumas en el periodismo, pero al servicio del chayote y la corrupción. Denegri es un personaje serniano, como lo fue Santa Anna en su novela El seductor de la patria; un personaje tormentoso que permite una historia trepidante, estrambótica. Por eso Serna lo elige a él en lugar de escribir sobre Julio Scherer o Carlos Septién, tal vez, la misma razón por la cual prefirió al Quince uñas en lugar del Benemérito de las Américas.

La novela utiliza varios recursos sernianos: los diarios, conversaciones con Piñó Sandoval, las confesiones catárticas con un cura y los recortes de periódico, como el que da nota del fin de Denegri. Su trágico final parece un resultado lógico de todas las vejaciones a las que somete a sus mujeres: golpes, sablazos y hasta balazos. Es un personaje que, por deplorable, incita a seguir la lectura esperando su merecido escarmiento. Natalia se convertirá en el ángel justiciero que reconoce en Denegri su “death appeal”.

La novela inicia con el encuentro de Denegri con Natalia, una mujer norteña que el periodista corteja con todas las medidas de la galantería: flores, regalos a sus hijos; y que degeneraría después en franca persecución. Denegri escribe como un antisor juano: “¿Quién es más puta: una piruja callejera que se alquila por horas o una mujer casada que se vende a perpetuidad?” Su educación misógina es de nivel cavernario.

Las promesas de reforma de su conducta eran las típicas de un charro cantor: llevaba serenatas, flores, pero recaía a la mínima gota de alcohol; Denegri sabía que “el corazón femenino seguía siendo el mismo desde tiempos de los aqueos”. Por ejemplo, en su matrimonio con Estela, una hermosa empleada de Relaciones Exteriores, ella termina accediendo a sus acosos. Sin embargo, no podía terminar bien su relación con una defensora de los derechos de la mujer y promotora del derecho al voto femenino; eventualmente, Denegri la “denigra” y, en un exceso de borrachera, le arranca el vestido en público para probar que ella tenía mejores pechos que Ana Luisa Peluffo en La fuerza del deseo, un hito del cine nacional porque allí apareció por primera vez un desnudo en el cine mexicano. Los infiernillos conyugales recuerdan a su libro de cuentos La ternura caníbal, donde los consortes pueden ser los enemigos más sofisticados.

En otro matrimonio, esta vez con Lorena, la traiciona con Noemí, la esposa de un funcionario público. Para divorciarse de Lorena lleva a una prostituta a la cama donde duerme su mujer y la despierta diciendo: “¡Levántante puta que ya llegó la señora!” En el cuadro psicológico que compone Serna, Denegri está dañado porque su madre tuvo una temporada de vicetiple y además traicionó a su marido yéndose con un militar que lo exilió para quedarse con ella.

Serna recrea una época donde coincidían en la escena pública personajes como María Félix, Agustín Lara, Miguel Alemán y los mandamases de un gobierno adusto y plenipotenciario que podía exiliar al esposo de una mujer, para cortejarla y añadirla a su serrallo. Otros personajes que figuran como parte de su ambientación de la época son figuras como Luis Spota (“el Balzac mexicano”), Jacobo Zabludovsky (que prodigaba sonrisas que no “suavizaban la cuadrícula de su rostro”), Salvador Novo, que destrozaba a quien ponía bajo su pluma en “La semana pasada” con un talento satírico capaz de derrocar a cualquiera, y quien fue el autor de la obra A ocho columnas donde habla subrepticiamente del periodismo mercenario de Denegri.

La sociedad que habita Denegri es una donde los periódicos ordeñan a sus fuentes y los periodistas miden su éxito periodístico por su cercanía con el poder, sobre todo con el presidente en turno. En México, la consigna del periodismo era que el gobierno o “pagaba o pegaba” y el entramado donde se movían políticos y periodistas era la consigna de “tener poder para poder tener” que fue una de las máximas de la familia revolucionaria, que podríamos concluir se mantuvieron vigentes hasta sexenios recientes.

Las novelas de Serna tienen un mensaje para nuestra época. Esta novela desciende a los túneles de la descomposición de los medios de comunicación, tal vez la corrupción más dañina para una democracia. Si los encargados de exhibir los malos manejos de las finanzas públicas se hacen de la vista gorda y, peor aún, cobran caro por su silencio, entonces pierde la sociedad entera. Denegri representaba un ala del periodismo en México que eran aliada de un sistema corrupto que consolidó el priato. Denegri, por ejemplo, tenía un archivo de tropelías de los políticos que hubiera sido una mina de oro para un verdadero periodista y no para un mercenario de la pluma, organizado por colores de todos sus clientes y categorizado por las gratificaciones de su automordaza de oro.

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