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La pintura de Rodolfo Nieto: liberar a las bestias

A Arya: perra zen, maestra y dorada

El día en que menos nos esperan” es un relato que publiqué hace cinco años en La Jornada Semanal. La trama de esa ficción es muy simple: el Axólotl, protagonista de un famoso cuento de Julio Cortázar, en su condición de humano, un día regresa al acuario por la creatura en la que años antes se transformó. El relato abre con un par de epígrafes; el primero es de Rimbaud: “Todo se hizo sombra y acuario ardiente”, el segundo de Julio Cortázar: “Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad.” El oxímoron de Rimbaud apunta hacia el concepto de “espejo humeante” o Tezcatlipoca. El de Cortázar se hunde en un tiempo idílico de impronta precolombina en la que el protagonista de la nueva historia, después de recuperar al axólotl del acuario de París, regresa con él para que viva en su hábitat original, es decir, junto a una chinampa de Xochimilco. Todo parece ir de maravilla hasta que los personajes se enteran de que Julio Cortázar ha muerto. El fallecimiento de “su creador” provoca un desconcierto absoluto en el Axólotl humano, que realiza una serie de viajes imaginarios que van de Xochimilco a la mixteca oaxaqueña, pasando por el acuario de París. Como el poeta Arthur Rimbaud, el protagonista busca purificarse en un territorio desértico hundiéndose en una pintura de Rodolfo Nieto, mientras comienza a leer el libro de poemas Fragmentos de Rodolfo Nieto y otros fragmentos, de Carlos Nieto, hermano del pintor.

El comienzo de ese libro es por demás estremecedor: “¿Qué madre,/ qué puta madre nos dejó escarbando/ para salirnos de esta tierra/ de iguanas y de brujas,/ de esta tierra ardiendo/ como sueño promiscuo/ de mujer caliente…” Hace veinte años Carlos Nieto me contó que después de que había muerto su padre, y de que su madre volvió a casarse, teniendo que salir de casa buscando la manera de mantener a sus hijos, Rodolfo y el mismo Carlos experimentaron una orfandad por partida doble. Esa circunstancia fue determinante en la formación del carácter rebelde y oscuro de Rodolfo.

En “El día en que menos nos esperan”, el protagonista literalmente se somete a una serie de pruebas de fuego, bebiendo mezcales y aguardientes que le provocan estados psíquicos alterados que lo conducen al delirium tremens. Así, entre el lienzo de Rodolfo y la pecera-casa del Axólotl, el protagonista recorre una serie de estados psicológicos que lo obligan a retroceder a periodos previos a la civilización y a la “domesticación” del fuego, es decir, a una etapa previa al hogar, la cocina y lo cocido; es decir, a lo crudo, inmenso territorio del mundo animal por excelencia.

Al escribir una introducción a su libro Bestiario, Julio Cortázar explica que –sin que él mismo fuera consciente– experimentó una suerte de autoterapia de tipo psicoanalítico: “Yo escribí esos cuentos sintiendo síntomas neuróticos que me molestaban.” Cortázar dice que siempre le había gustado la cocina de su madre, pero que un día se dio cuenta de que, antes de llevarse un bocado a la boca, lo miraba cuidadosamente porque temía que le hubiera caído una mosca. Se mantuvo en ese estado mórbido hasta que una noche descubrió algo que ocurría en Buenos Aires. Resulta que en el barrio de Medrano vivía “una mujer muy linda, muy joven, pero de la que todo el mundo desconfiaba porque la creían una especie de bruja porque dos de sus novios se habían suicidado”. Entonces –dice Cortázar- “empecé a escribir un cuento sin saber el final… Creo que es uno de los cuentos más horribles que he escrito… ese cuento fue un exorcismo que me curó de encontrar una cucaracha en mi comida”.

Un pequeño dios arcaico

Evidentemente son los animales quienes, además de alimentarse de comida sin cocer, representan las capas más profundas del inconsciente y de los instintos. Son los animales quienes con frecuencia actúan en los sueños y en las artes como reflejos de las más profundas pulsiones, simbolizando a los instintos domados o irracionales. Durante la Edad Media los bestiarios sirvieron como verdaderos mapas psíquicos para atravesar los territorios más oscuros y siniestros; en particular, sirvieron para franquear bosques y mares desconocidos, ambos símbolos preponderantes del inconsciente.

Con el título de “Por debajo está el búho”, Julio Cortázar escribió un texto para presentar la exposición de Nieto Laboratorio de papel en la Galerie de France. Era como si Cortázar percibiera que, en el fondo, en la pintura de Nieto habitaba una pequeña bestia nictálope (o un pequeño dios arcaico) que buscaba observar y traducir el fondo caótico del artista. Como todos los símbolos, el del búho expresa una ambivalencia, ya que si bien puede simbolizar un augurio infausto, también es símbolo de inteligencia. Por otra parte, Rodolfo Nieto leyó los manuscritos de Rayuela, cuyo protagonista post beatnik o hipster latinoamericano –al lado de otros personajes del legendario Club de la Serpiente– solía ingerir bebidas espirituosas en abundancia.

Para Rodolfo Nieto, como para muchos artistas de la década de los sesenta, se trataba de una época de rupturas en la que se había propuesto echar abajo las certezas y lugares comunes de la cultura occidental. Julio Cortázar presentó los collages de Nieto que incluían pedazos de telegramas y mensajes, especie de señales que tal vez tuvieran la intención de establecer un discurso coherente, pero que expresaban al yo fragmentado del pintor. De ahí que Cortázar recurriera a “la sabiduría del búho” como símbolo capaz de ver en la oscuridad para intentar “reagrupar” el interior del pintor, que parecía corresponder al de un “chivo en cristalería”.

El grueso de la obra de Rodolfo Nieto puede definirse como un largo esfuerzo plástico y emocional para erigir el reino animal que vislumbró en la infancia. El artista oaxaqueño solía decir que fue observando las tiras cómicas y las historietas de Tarzán, donde visualizó y experimentó algunas de las técnicas de dibujo que empleó Burne Hogarth para crear sus bestiarios. La trama es conocida: siendo niño, Tarzán fue abandonado en alguna jungla de África y, gracias al conocimiento que tiene del reino animal, fue capaz no sólo de sobrevivir, sino de comprender las leyes de ese reino para lograr que se salvara de los ataques de los seres humanos y la civilización depredadora que el Occidente colonialista había desplegado en África y América. La historieta de Tarzán es una metáfora de la historia de Rodolfo, que así sublimaba su experiencia de abandono.

Durante décadas el artista permaneció en un territorio liminar en el que lentamente fue atrapado por su propio inconsciente. Mérito doble fue la gracia y la valentía inusitada que desplegó para dibujar y pintar el enorme bestiario cuyos animales, algunos reconocibles y domésticos (como los gatos) otros salvajes y en cautiverio (como los de los zoológicos de Basilea o Chapultepec), otros asombrosos (como los que dibujó para la versión francesa del bestiario de Jorge Luis Borges) y, finalmente, las bestias revueltas, amorosas e irreconocibles que se funden y fugan en la “materia plástica gris” de su serie de zoología mental.

Tamayo, Toledo y Nieto: tres bestiarios tres

A diferencia de los bestiarios de Tamayo y Toledo, donde se humanizan los animales, Nieto prácticamente no dibuja ni pinta elementos antropomórficos. En realidad, el diálogo y el acercamiento estético de Nieto con Tamayo tiene que ver más con las texturas y con la economía de las líneas, mientras que con Toledo son ciertas aplicaciones técnicas de materia plástica y color, independientemente del “aire de familia” del que hablaba Andrés Henestrosa cuando se refería a ciertas coincidencias de la pintura oaxaqueña. Por otro lado, “la angustia engalanada” que menciona Antonio Rodríguez, es la que llevará a Rodolfo Nieto al silencio y a la oscuridad. El reino de las bestias que comenzó a crear desde la infancia con algunos medicamentos del botiquín de su padre o con cera negra, parece adueñarse del pintor definitivamente. Carlos Nieto me contó que, al final de su vida, su hermano Rodolfo ya no era capaz de soportar la luz, permaneciendo en la oscuridad apenas iluminado con la luz de una vela para leer Las florecillas de San Francisco.

Quienes lo conocieron y entrevistaron coinciden en que es difícil explicar las razones por las cuales, estando en la cumbre de su carrera en Europa, Nieto decidió volver a México. Seguramente, como dice Antonio Rodríguez, “sintió la persistencia fantasmagórica de los viejos nahuales que en México y en su natal Oaxaca lo seguían llamando.” En las antiguas culturas precolombinas los animales ocupaban un lugar crucial, simple y sencillamente los animales existían, no sólo en el espacio y en el tiempo de la vida cotidiana o del calendario sagrado, sino que vivían en los nombres propios de las personas, y también en el inconsciente; justamente ese es el doble, el tona o nahual de personajes históricos como el Coyote hambriento o el Águila que desciende en picada.

Prometeo tlacuache

Hace unos días, el artista oaxaqueño Sabino Guisu me contó un viejo relato de la chinantla alta. En esa historia civilizatoria (que va de lo crudo a lo cocido) el Tlacuache, atravesando una noche oscura que parece eterna, emprende un viaje por el inframundo. Después de engañar a los demonios que están de fiesta, ya ligeramente borracho, se roba, además de cierta bebida alcohólica ritual, una brasa de fuego que le quema la cola. A la manera de Prometeo regresa a su comunidad con el fuego “domesticado” y con bebidas para la fiesta. En ese momento la noche se cubre de estrellas y se echan andar la cultura y el tiempo.

Hacia 1962, Rodolfo Nieto expuso junto a Francisco Toledo en el Museo de Arte Moderno de Oslo; desde entonces, y de muchas maneras, Francisco Toledo reconoció la importancia de la pintura de Rodolfo Nieto (además de la de Tamayo) para la plástica nacional (e internacional). Medio siglo después, Toledo expuso parte de su zoología fantástica junto a las piezas de animales del joven maestro Sabino Guisu. La intensidad para comprender y liberar a las bestias de la furia humana no cesa, ya que, como se sabe, en realidad Homo homini lupus (El hombre es el lobo del hombre).

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