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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Anónimo furtivo

Lo que yo me pregunto es por qué prefieres no hablar, de dónde y cómo te nació tanto silencio; qué razones te llevaron, tan temprano porque apenas tienes veintitantos, a callarte lo que piensas. Te veo ahí, al fondo de la tintorería, y ese misterio sin reflectores en el que aparentemente consiste tu existencia entera me provoca la necesidad de inventar tu historia: quizá los dos o sólo alguno de ellos, tus padres también eran –¿son?– igual de silenciosos; tal vez tienes un hermano, tal vez mucho más grande que tú, que por mera cuestión generacional te ignoraba por completo, de modo que en la casa de tu infancia no fueron las voces, sino su mayoritaria ausencia, el marco sonoro de tus primeros días y años: sólo se hablaba –te hablaban– para lo estrictamente indispensable; indicaciones, restricciones, órdenes, de repente algún regaño –supongo que muy de vez en cuando, pues al ver el cuidado con el que manipulas las prendas en la tintorería, no puedo imaginar que fueses el causante de ningún desastre ni, por cierto, el de algún disgusto grande a consecuencia de tus actos–, y casi nunca o sin el casi, una conversación digna de ese nombre.

En caso de ser cierto no bastaría con eso, sin embargo, para entender que todo en ti sea subrepticio y, por lo tanto, resulte tan difícil enterarse de cómo y dónde vives, si con quién o sólo tú y tu alma, y me da por pensar que esa es la razón de que prefieras trabajar al fondo, allá donde te miro entre abrigos, blazers, sacos, gabardinas, donde nadie te habla y muy de cuando en cuando consigue atisbar tu silueta sigilosa moviéndose con delicadeza semejante a la de las prendas que clasificas, ordenas y acomodas. ¿La razón, entonces? Quiero decir, es la misma y una sola lo mismo para sentir desasosiego cuando la jefa te indica que debes ocupar el puesto de atención a los clientes, que para tu casi perfecto anonimato, relativo incluso a tus escasos compañeros de trabajo, ya no digamos a los clientes, para quienes eres casi nadie.

Con el paso del tiempo –¿cuánto llevas en la tintorería, por cierto? No puedo saberlo, pero deduzco que lo suficiente para alcanzar una mimesis que amalgama lo vivo con lo inerte–; con la cuenta de los días iguales uno tras del otro, te volviste como aquello que te envuelve: tersura y sombra, suavidad en oquedades, movimiento imperceptible del que emana apenas un sonido amortiguado y como viejo de tan tenue y tan remoto. Pasar sin que se note, para ti, no se refiere únicamente a los trayectos en el puñado de metros cuadrados que mide la tintorería; tiene que ver con algo más sutil y grave: estás pasando, quiero decir estás aconteciendo, existes sin que quienes te rodean puedan notarlo, y lo que más me llama la atención es que no es algo que te sucedió y te pese, sino que así lo decidiste voluntariamente.

Quién diría que tu naturaleza anónima y furtiva iba a volcarse de ese modo tan extraño y haría de ti un delincuente, porque esa es la palabra; uno definitivamente inofensivo pero, sin remedio, perpetrador de ilegalidades: invasor de espacios que no te pertenecen, tu sigilosa condición de sombra voluntaria te ha permitido asomarte a universos ajenos y, supongo, libera en ti una adrenalina que de otra manera te sería inaccesible. Entras sin que nadie te descubra, manipulas, estás contigo mismo, te vas luego; es, ni más ni menos, lo que haces en la tintorería y en tu casa, donde, como dijo alguien por ahí, “la soledad es más intensa”, pero de ningún modo es lo mismo. Quién sabe qué emociones te despierte, qué recuerdos te detone, qué imágenes te forje esa variante del voyerismo a la que dedicas, no lo dudo, la parte principal de tu silencio, lo mismo cuando lo planeas que cuando lo ejecutas.

Has vuelto a desaparecer entre el terciopelo, la seda y la tafeta. Te dejaré furtivamente, pero te dejo una pregunta: ¿qué harías si alguien, digamos una mujer que nunca has advertido cerca, estuviera haciéndote lo mismo?

 

Noches de Julio, Axel Muñoz, México, 2018.

 

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