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Leonard Cohen y las veleidades del fuego
"La llama", Leonard Cohen, prólogo de Adam Cohen, traducción de Alberto Manzano Lizandra, Salamandra, España, 2018.
Por Moisés Elías Fuentes

Aquejado de leucemia, en sus último días Leonard Cohen organizó una antología personal en que incluyó poemas, canciones, textos de sus cuadernos y autorretratos, material que fijó casi por completo pero que no pudo publicar, lo que hicieron los editores Robert Faggen, Alexandra Pleshoyano y Adam Cohen, hijo del autor y también compositor, quien tituló al volumen La llama, porque el fuego fue constante en la obra de su padre, por lo que la antología deviene autobiográfica hecha de trazos y versos.

Nacido en Canadá en 1934, se dice que Cohen escribió poesía de 1951 a 1966, cuando se consagró a la canción hasta su muerte en 2016. Pero esto es inexacto, ya que varias canciones primero fueron poemas, además de que escribió poemas aun al final, fiel al brío contestatario que lo caracterizó desde los primeros versos, como confirma la sección poética de La llama, signada por preocupaciones constantes: incomunicación, represión emocional, miedo a la felicidad, soledad del individuo. He ahí "Le pasa al corazón", que declara: "Trabajé siempre con firmeza / Pero nunca lo consideré un arte", develando cómo la sociedad de consumo vulgariza y consagra al artista y lo inutiliza, que no por nada Cohen rehuyó su mitificación y por ello apenas se habló de su mal, lo que le consintió morir con intimidad y no como tótem.

El rechazo del artista-mito es a la vez rechazo a la cosificación del ser individual y colectivo en las sociedades modernas; he ahí "No puedo descifrar el código", que con versos escuetos entrevé una relación amorosa reducida a informática: "No puedo descifrar el código / de nuestro amor congelado / Es demasiado tarde para recordar / Cuál es la contraseña."

Hábil con las imágenes áridas, Cohen también usaba una ironía desafiante, como en "Chuletas de cordero" que espeta: "si el loco dios no hubiera querido que nos comiésemos unos a otros / ¿para qué hacer tan dulce nuestra carne?" Cohen querellaba a dios por nuestra naturaleza voraz y escribía dios en minúscula, para expresar su difícil relación con la religión, hecha de suspicacias y arrebatos (se convirtió al budismo en 1994): rechazo al ser que nos hizo rapaces y anhelo de amparo espiritual y carnal, místico y erótico. Así, "María llena eres de gracia": "Me encanta oírte reír / Hace que el mundo desaparezca."

Si en "Chuletas de cordero" asistimos no al sacrificio redentor del cordero de dios, sino al asesinato del cordero humano, engullido por el ser humano para su gozo mezquino, en "María llena eres de gracia", encontramos la esperanza en versos engarzados por el asíndeton, que les otorga una sugerente plasticidad.

Claro, el misticismo de Cohen es terreno, conscicente del tiempo y del signo irrepetible del instante, como indica "Dimensiones del amor": "Mi amor salta para recibirte / recibirte en el aire / llevarte de vuelta a casa / y reanudar nuestra larga vida juntos." La presencia del ser amado es única y única es su ausencia. Pero si Cohen sorprende en su unión con la belleza, no menos perturba su intimidación con la fealdad, como en el lacónico "Mirando el canal de naturaleza en la tele": "el aburrimiento de Dios / es desgarrador / ñigu ñigu ñigu".

Aquí, el titulo entraña el cruel mensaje que el poema remata: lejos de la naturaleza, vista por televisión, descubrimos que también somos el "aburrimiento de dios", tedio divino que deforma en onomatopeya nuestra desazón al no poder enunciar todo lo que pensamos y sentimos, los aspectos impronunciables del alma, que agitan al poema "Mi carrera": "Tan poco que decir / tan urgente / decirlo.", que, cual epitafio, abrevia el azoro de ser silencioso, aun con idiomas y canto y poesía.

Pero, el desasosiego no empujó a Cohen a la afonía, sino a la sublevación contra la mudez, según expresa "Hoy se ha puesto de pie mi guitarra": "Hoy se ha puesto de pie mi guitarra / y ha saltado a mis brazos para tocar / una canción española para que orgullosos bailaores / zapateen y griten / contra el destino que nos doblega."

Aunque varios poemas de La llama los escribió o rescribió Cohen meses antes de morir, no creamos que determinó la presencia de la muerte en los mismos, ya que estuvo siempre en su obra. Más bien, por la recurrencia de vida, muerte, religión, ateísmo, belleza y fealdad, entrevemos las veleidades del fuego creativo: lúcido y delirante, armónico y discordante. Es la llama de la existencia, apasionante porque nos solivianta con el deseo de conciliar los extremos, esa llama que, ante la muerte, invocó Cohen con "En mis rezos pido valor", uno de sus más bellos y sencillos poemas: "En mis rezos pido valor / Al final / Para ver llegar la muerte / Como una amiga."

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