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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Síntomas

Una de las experiencias más reveladoras que he tenido sucedió en el Estadio Azul. Ahora es la sede del Cruz Azul, pero antes lo fue del Atlante. Mi marido es de familia atlantista y cuando comenzamos a salir me llevó a ver un partido: Atlante-Veracruz. Decir “ver el juego” es un delicado eufemismo: me la pasé papando moscas.

Faltaban años de instrucción de parte de él para que yo disfrutara del futbol. Esa noche me puse a estudiar a las personas, pues no entendía mucho del juego y me interesó más la concurrencia que el espectáculo.

Estábamos al lado de la porra. La porra del Atlante es malhablada, procaz, vulgar e imaginativa. Y sucedió que uno de los más exuberantes animadores de la porra estuvo saltando, abriendo los brazos y vociferando a unos cuantos metros de mi lugar.

Era un hombre humilde, vestido con modestia, de pelo oscuro y piel morena. Un mexicano de lo más normal, con la ropa un poco más manchada (¿un pintor?) que la mayor parte de la gente que estaba en el estadio. Sentado entre los miembros de la porra atlantista no sobresalía. Y tampoco hubiera destacado entre quienes conformaban la temeraria porra del Veracruz.

Lo que me pareció revelador fue cómo este hombre, que obviamente contaba con un arsenal de groserías respetable, se dedicó a usar solamente epítetos racistas, cosa que me puso de un genio de los mil diablos. La porra lo seguía, pero no todo el tiempo. Los otros estaban más interesados en insultar a los jugadores y al árbitro refiriéndose a las preferencias sexuales, la facha y la falta de destreza del aludido y con eso demostraron más creatividad.

Al terminar el partido, que ganó el Veracruz, cosa de la que me alegré secretamente, el hombre se volvió hacia la porra y les dio las gracias de forma ceremoniosa, con la promesa de verse en el siguiente encuentro. Luego miró hacia nosotros y con la voz cascada por la gritadera nos dio las buenas noches, recogió la gorra que se le había caído por los brincos y se fue.

Este episodio se me grabó como una cifra que dibujó con algunos trazos uno de los problemas que nos aquejan y que menos asumimos: el racismo inmundo que llena la vida mexicana y su parejita inseparable: el clasismo.

Años después, todos escuchamos, vía su novia, al actor Sergio Goyri, quien insultaba, acicateado por la envidia, a Yalitza Aparicio. Lo tundieron en las redes, pero una de las cosas que me llamó la atención de la paliza que le dieron es que muchos, muchísimos, usaron contra él el mismo lenguaje racista que él utilizó contra Aparicio.

Cuento esto porque, buscando noticias sobre la filij me di cuenta de que había varios trending topics en Twitter con el mismo tema: una mujer a la que apodaron Lady Lancha. De esta mujer ignoro todo menos una cosa: que ella y sus amigos rentaron una lancha y que insultaron de forma prepotente y racista al pobre hombre que la tripulaba. Lady Lancha padece la misma enfermedad espiritual que Goyri y el señor que le iba al Atlante: es una clasista horrorosa y una racista que no merece tener un solo seguidor. De nuevo, los insultos fueron los mismos. Lady Lancha se los propinó al capitán de la embarcación y miles de los usuarios de las redes sociales a ella.

Yo miro todo eso con tristeza. Ese veneno deshace sociedades enteras. En Ruanda, por ejemplo, los hutus mataron a dos millones de tutsis porque los belgas —subrayo, los belgas que colonizaron cruelmente esa zona del mundo— implantaron la idea de que los tutsis eran superiores, basados en una mínima diferencia física: la estatura.

Nosotros estamos igual que ellos, pero el desprecio se fundamenta en una poco notable diferencia de color y una injusta y azarosa diferencia de poder adquisitivo.

Deberíamos ser más conscientes. No podemos solucionar los problemas económicos del país, pero sí podemos abstenernos de insultar a quienes tienen menos.

Los Lords y Ladies son síntomas. El racismo es una enfermedad. Y grave.

 

 

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