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La otredad múltiple de Jean Portante
'El trabajo de la sombra', Jean Portante, Plural, Bolivia, 2019.
Por Marco Antonio Campos

En abril de este año se publicó en La Paz, Bolivia, en las ediciones Plural, que dirige el poeta Gabriel Chávez Casazola, la antología de Jean Portante El trabajo de la sombra, título que se corresponde muy bien con el contenido. Portante lleva con orgullo sentirse triplemente luxemburgués, italiano y francés, pero también con un pedazo del alma en América Latina. En este libro reúne poemas de los siguientes libros: Abierto cerrado, Elaborrar, El trabajo de la sombra, El árbol de la desaparición, En realidad, La reinvención del olvido, Lo que adviene y lo que no adviene y La tristeza cósmica. Los traductores de los diversos poemarios (donde seguramente colabora también la mano del traducido que conoce muy bien el español) son: José María Holguera, Daniel Samoilovich, Emma Julieta Barreiro, Jorge Miralles, Víctor Rodríguez Núñez y Chelo García Olmedilla. Del poeta cubano Rodríguez Núñez es también el prólogo.

Como en Pessoa, Borges o Gelman, hay en Portante una otredad múltiple: los otros que habitan en él mismo, pero también los otros que conviven en personas y la otredad que hay también en hechos y en cosas del mundo. “La sombra es por fuerza la cara oculta del otro”, dice en un verso que resumiría de algún modo su gran obsesión.

Si algo caracteriza a los poemas de Portante es que se vuelven cajas que al abrirlas nos deparan sorpresas. Con lenguaje lúdicamente ligero, cuenta con asombro lo que pasa y le pasa, porque, como dice en versos que son una suerte de principios de una Poética: “así es la vida/ decir y no decir/ hacer como si hubiera del mío/ al otro un camino clandestino”. Entre ese “decir y no decir”, que es algo intrínseco a la poesía, Portante sabe combinar lo cotidiano y lo coloquial con situaciones que pueden ser una apariencia o una sombra o quizás espejeos. Las cosas pequeñas conviven naturalmente con las grandes. El breve poema es una paloma que vuela pero contiene todo lo aprendido en el vuelo, y ese contenido es algo misterioso, que no sólo al lector sino a él mismo le sería difícil explicarlo. La leve paloma vuela y llega, sin darnos cuenta, a un lugar inesperado.

Jean Portante es un maestro para crear situaciones ambiguas. En su poesía hallamos, en esas apariencias múltiples y multiplicadas, el libro que no es el libro que uno dio, esa persona quien no es la que creía ser, las gotas de lluvia que no caen sino se mojan unas a otras de nube en nube… O declarado mejor por él: “La realidad siempre habla otro lenguaje.”

En el trabajo que hace la sombra en su poesía hallamos la aparición más o menos continua del ciervo, el cual tiene, como símbolo, variadas significaciones, pero ante todo como presencia ominosa, quizá, porque como refiere Rodríguez Núñez en el prólogo, “en un accidente de carretera, [el ciervo] casi se lleva la vida del poeta” y acabó por convertirse en “condensación de sentido” en su obra.

En Portante hay una preocupación continua por las modificaciones del recuerdo y para recuperar esas modificaciones no encuentra mejor vía que la poesía. Después de todo ¿el recuerdo no se parece en sus numerosas modificaciones al sueño? ¿No es el recuerdo la vía de la nostalgia que le habita el alma?

Si Calvino y Kundera querían que las narraciones fueran leves en su forma y tuvieran peso en sus contenidos, eso logra Portante en sus poemas. Muchos versos parecen contados por un niño mágico que encuentra, en giros sorpresivos, asociaciones o contradicciones que crean una nueva realidad, como este, que busca sus orígenes: “la mesa y sus árboles viajeros”. Es decir, detrás de la mesa, que nace del tronco, los árboles tuvieron que viajar para que unas manos la hicieran y un poeta la inventara verbalmente. O esta admirable hipálage: “Los hombres y mujeres llevan ropa solitaria.” O este, que tiene ese magia instantánea que nos recuerda imágenes de Altazor, de Huidobro: “No trato/ de curarme del sur ni de ponerle un abrigo al norte.” El niño dice algo inesperado e incomprensible pero las palabras de pronto se iluminan.

En sus últimos libros, Portante entabla diálogos con poetas admirados, entre muchos, Mallarmé, Apollinaire, Whitman, Ungaretti, Pavese, Rilke, Celan, Vallejo, Borges, Paz, Gelman y Alejandra Pizarnik. Parte de un verso de ellos y crea libremente un nuevo poema que desciende –y se escribe- desde una estrella.

Hay muchos poemas bellos pero el que más nos toca es “La muerte del padre”, donde evoca las jornadas y los días del padre con imágenes hondamente sencillas que dejan un toque de tristeza y donde hay la conciencia de la fugacidad y los trabajos de la sombra, y luego el poema-libro De lo que adviene y de lo que no adviene, del cual Víctor Rodríguez Núñez escribe: “se trata de una respuesta a la devastación causada por el terremoto del 6 de abril de 2009 de la aldea italiana de donde proviene la familia del poeta –San Demetrio, provincia del Aquila, región del Abruzzo”.

“Quiero decir”, es un ritornelo en uno de los libros de Jean; yo quiero decir, quisiera decir sólo que su poesía tiene encanto.

No está de más recordar que Jean Portante es un excepcional traductor al francés, entre otras lenguas, del español. Son memorables sus traducciones de la poesía compleja –verbal y emotivamente- de Juan Gelman y Gonzalo Rojas. Tal vez de los países de América Latina de los que se siente más cerca sean Cuba y México.

Ha publicado una veintena de libros de poesía. En México se han editado las antologías La reinvención del olvido (La Otra) y La ceniza de las palabras (Floricanto) y el libro Concepciones (BUAP).

 

 

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