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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

Tránsitos y migraciones en la escena mexicana

 

 

Resistencias frente al agravio (No volveré, de Estela Leñero), escenificación de los orgullos y beligerancias, poética profunda en la danza contemporánea (Migraciones, de Rossana Filomarino) que inmortaliza los múltiples tránsitos de los cuerpos y los ánimos, migraciones interiores (Emigrados, de Mrozeck) que se juegan en un amplio diapasón dialógico, son los signos de identidad y convergencia de tres puestas en escena que forman parte de proyectos más amplios, uno de ellos dedicado a enfrentar con dignidad las valentonadas de Donald Trump, que engrosará la historia de la estupidez y la arrogancia.

Uno de ellos forma parte de la temporada de danza en el Palacio de Bellas Artes y es parte de una programación anual del inbal que tradicionalmente se ocupa de la danza contemporánea, cada vez menos y con mayor pobreza, pero quienes lo hacen, agradecen casi de rodillas contar con ese espacio aunque sea para presentar en una sola función el trabajo de meses.

Se llama Estados en movimiento, tema que permite indagar sobre los distintos tránsitos y reúne a verdaderos maestros de la danza, pero de ese ciclo me interesa compartir la experiencia de Migrantes, la coreografía de Rossana Filomarino, porque en estos tiempos de cambio, de caravanas, de expresiones de odio y creación de muros imaginarios y reales, me parece que levanta una poética de lo más complejo sobre el tema del cambio.

Migrantes es una de las obras maestras de Filomarino, fundadora y directora de Drama Danza, heredera de la más rica tradición. Fascina el encuentro con una historia de la danza que es la de una mirada, la del propio cuerpo de Filomarino, que recuerda y reinterpreta otras migraciones, las de Guillermina Bravo, las de Flores Canelo. Y se le nota el amor por lo aprendido, pero la danza que la antecede parece vieja frente a esta poética tan compleja, tan novelesca y cinematográfica, plena de narrativas y de historias.

Rossana Filomarino ya no es ese titiritero del pasado; tiene el enorme mérito de un demiurgo poderoso con la capacidad de colocar en un estado de gravidez a sus bailarines más cercanos y a su músico de cabecera, quien le cumple la fantasía de encontrar la música en el cuerpo del bailarín. Hace una semana conversé con ella en Radio UNAM, abrimos espacio para escuchar la música de Rodrigo Castillo y parece que no le agradó nada escucharla separada del cuerpo, como si ese archivo digital fuera la evidencia de un despojo y la música se hubiera quedado sin cuerpo y el cuerpo sin música.

Tiene razón Filomarino al mostrar que las bocinas en el escenario del Palacio de Bellas Artes son externas al escenario y eso implica separar la música del cuerpo; al menos de esa manera llega escindida al espectador. Tal vez la luz sea de lo menos trabajado, no lo menos pensado. Todo es al vapor en ese terreno, a menos que imaginen, como ella, un ciclorama que es emocional y transcurre con esa caravana de veinte jóvenes bailarines que se deslizan a través de todos los climas que envuelven los cuerpos en ese escenario construido en un arriba y un abajo, un mundo inferior donde viven los hombres terrenales de su danza, esos trece bailarines tan sólidos y poderosos que encarnan situaciones tan ricas retóricamente que proponen historias y personajes marcados por la sed, el cansancio, el desencuentro, la violencia, la violación, el abuso y la muerte. Son cuerpos que padecen, se amotinan, se enroscan y ellos mismos son muros en formas sumamente originales y creativas en cargadas, descensos y deslizamientos, reconocibles y sorprendentes, que muestran estados de la materia que sólo alguien capaz de sufrir con los migrantes y su trayecto, puede ofrecerle a un público que observa ese mundo a través de sus múltiples pantallas: protectoras, mediáticas, comprometidas, amarillistas, veraces...

Migrantes no puede quedarse en sólo una función y menos ahora. Es una propuesta que debe circular en las fronteras, las internas y las geográficas. Si no sucede, la austeridad se convertirá en despilfarro porque un esfuerzo de esa magnitud no se puede quedar en una sola presentación.

 

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