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Estudio en cristal, la obra maestra olvidada de los Contemporáneos

Es cierto que el propio Enrique González Martínez hizo imprimir lo que vendría a ser el libro póstumo del autor, Elegías romanas y otros poemas (México, Nueva Voz, 1941), pero aunque este volumen recoge diversos de sus textos, entre ellos las estrofas de “Muerte de Narciso” cuya escritura interrumpió el fallecimiento del poeta, de modo inexplicable deja fuera el Estudio en cristal, del que la revista Taller Poético que dirigía Rafael Solana había publicado una primera versión de setenta y nueve versos en noviembre de 1936, y que permanece en el aire, como un hijo huérfano, al no quedar integrado en libro.

A pesar de ello, no me cabe duda de que el Estudio en cristal fue un poema célebre durante al menos cuatro décadas. Lo reproducen Manuel Maples Arce en su Antología de la poesía mexicana moderna (Roma, Tipográfica Tiberina, 1940), el crítico Antonio Castro Leal en dos de sus principales colecciones, Las cien mejores poesías mexicanas modernas (México, Porrúa, 1945) y La poesía mexicana moderna (México, Fondo de Cultura Económica, 1953), así como Agustín Velázquez Chávez en su Jardín de la poesía mexicana (México, Poesía Hispanoamericana, 1966). La última aparición del texto la registra Salvador Elizondo en su notable Museo poético (México, unam-Escuela de Cursos Temporales, 1974). A Elizondo, gran conocedor de nuestra tradición poética, pero también experto en la poesía francesa del simbolismo, se deben los juicios más acertados que se hayan vertido sobre este poema que tendría que sernos fundamental. En estos casos que menciono, el poema se ha reducido a cuarenta y tres versos, supongo que como resultado de una depuración debida a la pluma del autor.

Museo poético contiene, en efecto, no sólo lo que podríamos llamar la versión “final”, la más afinada y limpia del poema de González Rojo, sino una precisa ubicación del Estudio en cristal dentro de la corriente de la “poesía pura”, que viene de Stéphane Mallarmé y que culmina con la obra de Valéry. Sin recurrir a aspavientos pero de modo claro e inequívoco, Salvador Elizondo sostiene, en el estudio preliminar que acompaña a su libro, que González Rojo es el primero entre los Contemporáneos, lo mismo atendiendo al “orden cronológico” de nacimiento que “al del valor de su poesía.” No sólo sería el mejor de los integrantes del “grupo sin grupo”, sino que sería él entre todos ellos quien mejor encarnaría el riguroso ideal de la “poesía pura”. Por eso afirma Elizondo: “Es, seguramente, el poeta mexicano que más evidentemente deriva de Valéry […] Se adscribe a la contemplación de la luz y del cristal, categoría imposible del ideal poético, denodadamente perseguido desde su germinación primigenia y término indefinible, último, al que se dirige.”

Para valorar mejor el carácter “singular” de la obra de González Rojo, tendríamos que recordar, como lo hace Elizondo, que en México la influencia más socorrida y más a flor de piel entre los poetas mexicanos del siglo xx es la del irracionalismo poético que inicia con la poderosa influencia de Nerval y adquiere nuevos bríos con los surrealistas; el cometido principal de esta escuela, según Elizondo, sería el de llevar al límite las posibilidades de la “imagen poética.” De Villaurrutia a Owen, de Ortiz de Montellano a Efraín Huerta, de los poemas de libre “asociación de ideas” de Salvador Novo a varios de los textos maestros del Paz de los años cincuenta (entre ellos, “El cántaro roto” y “Piedra de sol”) lo que encontramos es el esplendor de una poesía entendida como un juego de imágenes que no de modo necesario sigue el hilo racional del discurso. La “poesía pura”, en contraste, a decir de Elizondo, exploraría ante todo la posibilidad de decir cosas “pensables” por medio de la poesía. Se trataría, ante todo, de una “poesía de la inteligencia”. La racionalidad sonámbula de los surrealistas, de tal suerte, encontraría su antípoda en la racionalidad estricta y siempre bajo control de los partidarios de la poesía pura.

A la valoración de Elizondo, en todo irreprochable, me gustaría añadir un par de notas que me parece que caracterizan al Estudio en cristal y lo convierten en una pieza única dentro de nuestra historia literaria: 1. Es un poema que en realidad no habla de otra cosa sino del poema mismo. Aunque al principio el texto parece referirse a la tranquilidad de un lago contemplado en la noche, pronto nos damos cuenta que ello es una metáfora de la creación poética. Así como Mallarmé puso como título de una de sus composiciones: “Soneto alegórico de sí mismo”, González Rojo podría aclararnos que su Estudio en cristal no es otra cosa que una rigurosa indagación tramada toda en endecasílabos blancos (muchos de ellos heterotónicos) acerca de lo que sería la poesía pura; 2. Es un poema crítico y autocrítico. Igual que su padre González Martínez había invitado en un soneto célebre a deshacerse de la retórica exteriorista en que había degenerado el modernismo al uso, de modo semejante González Rojo la emprende en su texto en contra de la grandilocuencia y la retórica frondosa (que tuvo “ancho sendero en la florida boca”) utilizada por muchos de sus contemporáneos. Además de realizar una defensa del concepto de poesía pura, regido por
una idea de fría exactitud cercana a las matemáticas, emprende el autor una suerte de autocrítica: refiere sus inicios como poeta y la manera en que le hace falta, para evolucionar, “el instrumento claro, fiel, preciso” que le “convierta en número su canto.”

Sabe bien González Rojo que “la voz de la poesía eleva/ consigo al ruiseñor que se remonta/ en apretada pluma de sonidos”. Dicho de otro modo: la poesía tendrá que ser sublime, o desaparecer. Debe producir una elevación, una Erhebung como expresará Eliot años más tarde en sus Cuatro cuartetos. Una poesía sublime, ganancia inesperada, también arrastrará en su vuelo al poeta (al “ruiseñor”) que ha logrado escribirla. El resultado: una inefable “música de nieve” que “raya el cristal” de una poesía sin mácula, sobre cuya “impoluta claridad de espejo” resbalan las imágenes. La poesía, de este modo, se vuelve un espejo sutil y a la vez portentoso capaz de reflejar el alma de quien se asome en ella l

 

 

 

Estudio en cristal

Enrique González Rojo

 

Agua profunda ya, sola y dormida,

En un estanque de silencio muda.

Más allá de tu sueño, la memoria

En una tersa` aparición de lago,

En una clara desnudez de cielo,

En reposo y sin mácula de nube.

Grave, suspenso diálogo de frondas

Con sílabas maduras en la tarde;

La joven rama verde que se enjuga

Los dedos de esmeralda entre tus linfas

Y la visión de círculos fugaces

Que liman la quietud de la ribera.

A la frase del viento que se moja

Cuando rozan sus alas este olvido,

El sueño, el despertar, el sueño solo,

Y la imagen del sueño que resbala

Por tu impoluta claridad de espejo.

 

¿Y la voz? ¿Y la voz que siempre tuvo

Ancho sendero en la florida boca?

Escapada al espejo de otros años,

Corre tímidamente y se deslumbra

Ante la misma luz que la refleja.

Hubo aurora con alas, tiempo niño,

Puro el ensueño, la mirada loca,

Irreflexivo el don de la palabra.

Torpe vuelo que sube y que culmina

En la ignorancia de su propia altura

Y en la eficacia de su impulso alerta.

Mido sus remos amplios en la hora

Que acaba de nacer, pero me falta

El instrumento claro, fiel, preciso,

Que me convierta en número su canto.

¡Líbreme yo, si en rapto de cordura,

Ahogo el canto al exprimir la nota

Y antes que la ascensión miro las alas!

Pero la voz de la poesía eleva

Consigo al ruiseñor que se remonta

En apretada pluma de sonidos;

Raya el cristal su música de nieve,

Y en el reflejo de las aguas puras

Se cristaliza una canción exacta,

Libre y presa a la vez, cálida y fría.

 

¡Como el espejo en que me miro el alma!

 

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